
Nos atrevimos a acercarnos.
Sabíamos desde siempre dónde estaban, pero cada vez que decidíamos intentarlo algo ocurría que nos hacía posponer la visita, casi siempre algún producto de nuestra imaginación o alguna tontería que nos servía de excusa para desistir, decirnos “no, no es el momento”, “hoy no hay tiempo”, “mejor en otra ocasión”.
Ese día fue como cualquier otro, la verdad. Llovía ligeramente, esa lluvia que no golpea sino acaricia las plantas. Quizá lo que cambió fue la urgencia.
Las ruinas mantenían su misma aura de siempre, ligeramente misteriosa, decididamente decadente. Una antigua mansión en medio de la montaña, las historias no se deciden entre nunca terminada de construir, o qué cosa horrible ocurrió que desaparecieron el techo y los muros en todo el ala este de la casa.
En distintas habitaciones han quedado los rastros de varias generaciones, década tras década de usos, cada uno dejando sus huellas tangibles en suelo y paredes, y las intangibles en el aire y el espíritu del lugar. Fiestas, brujería, procedimientos médicos clandestinos, refugio de los sinhogar. Un lugar de refugio, consuelo y esperanza para los desadaptados del mundo exterior. En alguna ocasión la Gobernación intentó recuperar la casa y convertirla en un centro comunitario para retiros y eventos, pero en pocos meses el magnetismo del inframundo la devolvió a sus dueños tradicionales.
Esas eran las leyendas. Desde que éramos muy pequeños, ya nada ocurría allí. Se le consideraba un lugar muerto y las autoridades lo vigilaban con cierta regularidad, por lo menos en las noches. Si no había logrado ser de ellos, no sería de más nadie. Por eso siempre nos proponíamos ir de día.
Esta vez, llovía ligeramente. El aire, denso, ominoso. La luz se filtraba a través de las nubes, de la lluvia, de las copas de los árboles, y llegaba abundante y gris, neblinosa.
Ese día fue como cualquier otro, la verdad. Igual a los demás. Quizá lo que cambió fue nuestra urgencia.
Reconocernos, sin decírnoslo en voz alta, que aunque el miedo a las ruinas era real, nuestro verdadero miedo era encontrarnos tan abismalmente solos, el uno con el otro, allí, en un lugar donde nadie sabría dónde estábamos, donde difícilmente vendría nadie, donde nos necesitábamos para llegar, recorrer y salir. Nunca lo habíamos planeado, mucho menos conversado, pero de algún modo ambos sabíamos que todo se desataría cuando estuviéramos allí, que se desanudaría el lazo de nuestra amistad y, definitivamente, mutaría hacia otra cosa. Otro lazo, solo un nudo, no había manera de saberlo. Quizá seríamos simplemente dos cintas sueltas, arrugadas por lo que habían sido.
Definitivamente era algo que ya había sucedido en nuestras cabezas y, de nuevo, sin haberlo conversado nunca, sabíamos que del otro lado también era así. Nuestra dinámica se había vuelto muy reactiva, para bien y para mal. Pero sobre todo era lo que permitía que nuestra amistad-deseo, relación-emoción, el fuego frío que nos unía, progresara con los pasos diminutos de una palabra a la vez, un gesto en la inmensidad de un mes que, en lugar de perderse, nos arrastra y da fuerza para navegar toda la adolescencia con ilusión y anticipación. Nada pasaba desapercibido, hasta el más mínimo gesto significaba algo mudo e intenso, impotente pero fértil.
Y por eso ambos supimos, sin mediar palabras al respecto, que hoy lograríamos la visita, que las ruinas nos recibirían con su humedad, sus fantasmas, su sangre y sus cenizas.
Foto original: David Baker
Próximo disparador:
Gritos de banshee: Escribe una escena en la que una banshee llega a llorar.
NOTA: Seguiré escribiendo diariamente, pero tomaré una pausa de publicar, ya que todo el proceso de trasladar cada historia desde el papel a este blog me toma mucho más tiempo del que calculé 🙂 ¡Nos vemos en un rato!
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