
Cuando era niña, tenía una especie de adicción a la imaginación. Supongo que todos los niños son así. En mi caso, viajar con mi familia era particularmente emocionante: más allá del viaje en sí y no tener que ir al colegio, estar en un lugar desconocido activaba una infinidad de cosas en mí y me hacían vivir ese trecho de tiempo y espacio llamado vacaciones en una realidad paralela, en mi cabeza, en la que cada área tenía una capa adicional de significado, una redefinición. Cada instante en el que nadie interactuase conmigo, yo estaba conviviendo con personas en mi cabeza que estaban allí, en tiempo real y presente. Yo estaba conciente de que todo era imaginario, tan conciente que no lo compartía con nadie, no me hacía falta. Supongo que en algún grado me avergonzaría. Solo recuerdo una especie de felicidad inmensa al recorrer una escalera escondida en el hotel e imaginar que eran los predios de alguna aventura. Lanzarme a una piscina y fantasear que era una sirena. No por nada, La Sirenita fue mi primera gran obsesión en la vida.
La primera historia que escribí en mi vida fue, precisamente, una especie de remake de La Sirenita. Se llamaba La Princesa Sirena y yo no tenía ni el vocabulario ni las nociones narrativas o éticas para entender que estaba plagiando. Y me pregunto si todas esas fantasías y el impulso de vivir en mi cabeza serían solo un pequeño cerebro de escritor luchando desesperadamente por cada espacio libre, por manifestarse dentro de mi existencia infantil y convencerme de que no quería ser actriz ni maestra o ni siquiera cineasta, sino que siempre lo que quise fue escribir.
Foto original: Alice Alinari
Próximo disparador:
Establecimiento de la escena. Comienza una historia o escena imaginando primero el lugar donde ocurre. ¿Qué tiene este lugar de único? ¿Cómo se ve? ¿Cómo se siente tu personaje respecto a este lugar?
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