
De todas las personas que conocí en mi vida, Marisa fue la única que, a pesar de su dentadura desarmada, sonreía de oreja a oreja con todo lo que su alma podía ofrecer, y siempre lo ofrecía todo. Su sonrisa trascendía sus dientes, sus labios, su rostro incluso. Toda ella parecía iluminarse.
No conocí a nadie que sonriera de esa manera a pesar de sus dientes. No conocí a nadie que sonriera de esa manera.
Su mamá me confesó una vez:
—Menos mal que Marisa aprendió a sonreír así. O mejor dicho, no me hizo caso cuando traté de que aprendiera a esconder los dientes.
Tenía toda la razón: menos mal. Marisa era baja, flacuchenta, pecosa. Pelos y ojos del mismo color. Usaba brillo en las uñas y ropa azul oscuro. No había absolutamente nada extraordinario en ella. Quizá, lo único, sus dientes como una vajilla rota sobre el piso. Pero, a la vez, la manera en que su rostro, sus ojos y los hoyuelos en las mejillas se encendían al sonreír… era en esos momentos en que Marisa revelaba todo lo que era, lo que la hacía ella.
Menos mal que Marisa aprendió a sonreír así. Si no, probablemente no me hubiera enamorado de ella.
Nunca le pregunté por qué no se había arreglado los dientes. Al principio, cuando conocí a su familia, los seis viviendo en un departamento de dos habitaciones y un baño, asumí simplemente que la ortodoncia no era una prioridad, quizá ni siquiera una posibilidad. Pero mientras más la conocí, presentí que, por lo menos en alguna época anterior, su familia hubiera hecho cualquier sacrificio imaginable por arreglarla. Y también que ella debe haberse negado una y todas las veces.
Al verla hablar se lograba vislumbrar que había algo terrible dentro de aquella boca, que la genética la había traicionado, que un accidente se había llevado la mejor parte de aquel paisaje. Pero entonces algo la hacía reír, la hacía sentir esa alegría contagiosa, la conectaba con una energía superior que lograba canalizarse a través de, precisamente, esa fila escarpada de piezas dentales.
Y Marisa iba por la vida regalándole a la gente un vistazo de aquella catástrofe sin remedio. Al principio me sorprendió, naturalmente. También prestaba atención a las reacciones de los demás: muchos se sobresaltaban, hacían alguna cara, se reían. Pero Marisa se abría camino con su sonrisa avasallante, la bandera de la alegría que iba clavando, conquistando terreno, ganándose el mundo.
Nunca le dije, le pregunté nada. Sus dientes como tema nunca existieron. Incluso cuando ya tuvimos la posibilidad, cuando ni el dinero ni el tiempo ni nada constituía obstáculo para corregirlos, nunca me atreví ni quise proponérselo ni ella lo mencionó. Una vida juntos sin hablar de eso, sin señalar jamás las bocas de los demás, sin indagar en sus propios sentimientos al respecto. ¿Significaba algo para ella tener la boca así? ¿Era costumbre, era una afirmación, era ingenuidad? ¿Cómo eran sus visitas al odontólogo? ¿Cuánto tardaba en lavarse los dientes? ¿Sufría? ¿Rompía el hilo dental, se sacaba sangre con los palillos? Nunca me atreví siquiera a acercarme al baño si ella estaba dentro. Pensar en Marisa cuidándose los dientes se me hacía un ritual íntimo y brutal. Sus cepillos de dientes quedaban como las palmeras tras un huracán, pero ninguno de los dos comentaba nada. Cada semana en el supermercado, ella escogía un cepillo de dientes nuevo y lo metía en el carro como si fuese una cebolla o un envase de leche más.
El día antes de enterrarla, solo pedí que me dejaran aquel puñado de marfiles cascados. Desordenados en mi mano lucían normales, como si hubieran pertenecido a una boca común, jamás a la más calamitosa y gloriosa de las sonrisas.
Foto original: Colourblind Kevin
Próximo disparador:
Plantando la semilla. Escribe una escena o una historia en la cual un personaje se traga una semilla.
⇨ Entrada siguiente: Confesión imposible
⇦ Entrada anterior: Esperar
Deja un comentario