
Ha llegado el día y por fin estoy sentado en este taburete de madera laqueada en negro, junto a mis compañeros de trabajo, alrededor de un gran mesón con una plancha hirviente al medio, dejándonos seducir por la música seudojaponesa y preparándonos para “Una experiencia única, que apelará al lado más complejo de nuestros sentidos…”
Es la cena del quincuagésimo aniversario de la compañía.
Por meses, Recursos Humanos ha inundado nuestros buzones electrónicos con correos de recordatorio, de confirmación, con la dirección del restaurante, con la organización del transporte, con el código de vestimenta, con el horario de la cena, con el nuevo horario de la cena para que no tengamos que cortar nuestra jornada laboral, etcétera. Todo, en realidad, para recordarnos diariamente lo mucho que están haciendo por nosotros, la enorme dedicación que le han puesto a este evento de manera que nosotros, sus fieles empleados, disfrutemos la celebración, nos hagamos una idea de lo que cuesta, y de lo que se espera de nosotros en consecuencia.
Inevitablemente estamos todos emocionados, todos en expectativa, en admiración.
Las luces cambian y el chef aparece tras una pequeña cortina. Se acerca a nuestra mesa meticuloso, ceremonioso. Dispone sus artefactos: cuchillos perfectamente afilados, espátulas recién pulidas, cuencos que parecerían pertenecer a un museo, esterillas por estrenar.
Y entonces, comienza su ritual, el de la cocina, el de transformar alimentos con experticia y amor.
Sube sus manos, lanza algo que no distingo sobre el teppan, y comienza a mover sus brazos y manos como una danza. Todos están admirados.
Ohhhh. Ahhhh. Qué bueno se ve.
Poco a poco puedo sentir cómo a todos se les hace agua la boca. No pueden esperar.
Literalmente dicen: No puedo esperar.
El hambre crece. Qué bien se ve. Incluso, qué bien suena, dicen. Se refieren al sonido ardiente de la plancha, el ruido más apetitoso que existe.
Solo que: yo no oigo nada. Y, la verdad, tampoco veo nada.
Sobre el teppan no veo nada, nada arde, nada se cocina. El famoso hibachi chef bien pudiera ser un mimo. Menea los cuchillos, los tenedores, las espátulas, las pinzas. Hace movimientos sofisticadísimos, pero está cocinando aire. Y la gente: Ohhh. Ahhhh.
Miro a mi alrededor, busco en las caras de mis compañeros alguna señal de burla, de actuación, de extrañeza. Nada, como en el teppan. Todos están auténticamente fascinados, convencidos de que sus rugientes estómagos serán silenciados pronto.
Estoy a punto de decir algo, de expresar mi alarma o, mejor dicho, soltar mi comentario más sardónico. Pero sé que no tengo que esperar mucho más, que en breves instantes el show acabará y tocará servir, comer. Qué, no lo sé. Pero sin duda esta absurdidad se acabará.
El chef hace unos últimos movimientos. Es como un artista marcial y, sí, sin duda estoy contemplando más arte marcial que cocina. Hace un último movimiento, la gente aplaude, y empieza a servir. La farsa continúa. Su mímica es precisa para llevar la comida imaginaria desde la plancha hasta los platos de los comensales; pero es eso, mímica. Me sirve a mí, veo muy de cerca sus manos confiadas depositar alimentos invisibles en mi plato. Le doy las gracias con escepticismo.
Cuando están todos servidos, corean “buen provecho”. Ni me molesto en tocar mi plato, solo cierro los ojos y espero a que la persona sentada a mi lado rompa a reír o, en realidad, confiese un reclamo.
Pero no.
Los oídos se me llenan del sonido de los palitos contra la cerámica, bocas masticando y gargantas tragando. Ohhhh. Ahhhh. Abro los ojos y todos mis compañeros parecen estar disfrutando el banquete de sus vidas. Se comentan entre ellos y le comentan al chef lo bueno que está; este pone cara de orgullo y se retira.
Le paso los dedos al plato, la lengua. No sabe a nada. Lo volteo. No cae nada. Todos me miran como contemplando un episodio de locura, por supuesto. “¡Aquí no hay nada!”, grito. Mi compañero se limpia la boca con una servilleta que, por supuesto, sale inmaculada, me mira con angustia y me pone la mano en la espalda. Mala señal. Definitivamente creen que el loco soy yo.
Foto original: Jane Vershinin
Próximo disparador:
Newburyport*. Crea una escena o historia corta contada enteramente en una sola oración.
*Ducks, Newburyport es una novela de Lucy Ellmann, escrita por completo en el estilo narrativo de «flujo de conciencia». Fue finalista del Booker Prize de 2019.
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