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El espejo

Un personaje que observa sin que nadie lo sepa

En ocasiones ella llora. Sobre todo cuando me mira, o mejor dicho, cuando se mira en mí. No sabe lo que yo sé, no ha visto lo que yo veo.

La oigo al teléfono con sus amigas; es detallada para describir sus inseguridades, las terribles fantasías que la persiguen, su convencimiento de que, aunque todo esté bien, todo está mal. No sé qué le dicen las amigas, a veces logran calmarla.

Desde aquí los veo en el sofá. Se sientan muy juntos y logro darme cuenta de que es él quien se acerca, la atrae y ella se acurruca en su pecho. Se miran, parecen felices. Pasan sus horas hablando, viendo la televisión, peleando de mentira en un videojuego. Si ella se aleja para buscar café o una manta, él la sigue con la mirada. Puedo percibir en toda su postura que ya, en segundos, la extraña. Sé que él la ama, así como supe con todos los anteriores que no era así. Pero ella duda, siempre duda.

Sigue odiándome cada mañana. Me evita y luego, de repente, no puede despegarse de mí. Quisiera aprovechar esos momentos para hablarle, susurrarle la verdad: que todo está bien, que ella es amada, que ella es todo lo que alguien soñó para sí.

En realidad solo quisiera poder mostrarle lo que ella quiere ver: las formas, los colores, las texturas. Una manera en que le queda la ropa. Unos gestos menos vacilantes, a veces más delicados, a veces más firmes si la ocasión lo amerita. Un punto exacto en que las pecas todavía son adorables y no cientos de pequeños defectos esparcidos, incontrolables. Si tan solo pudiera devolverle un reflejo que la convenciera. Pero no lo logro, solo puedo mostrarle una verdad que, por suficiente —incluso hermosa— que sea, es incapaz de aceptar.

Foto original: Михаил Секацкий


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