
¡Oh! Esto pasó hace más de cincuenta años… La verdad nunca lo he contado a nadie, más por miedo que por vergüenza, pero supongo que a estas alturas ya no será solo seguro, sino que ya debería quitárseme la pena, ¿cierto?
Como saben, provengo de una familia migrante, solo que no de la familia migrante que ustedes creen. Fui la primera de nosotros que logró terminar la escuela, pero después de eso no había muchas opciones para mí. La universidad era un sueño imposible, así que mi alternativa fue emplearme en una librería donde me pagaban apenas lo justo para poner techo sobre nuestras cabezas y comida en nuestra mesa. Yo limpiaba, era asistente contable, llevaba el inventario, prácticamente me encargaba de todo tras bambalinas. La dueña, la Sra. F, se encargaba de atender a los clientes, quienes solían ser muy exigentes con las recomendaciones de los libros, y organizaba distintos eventos literarios para la comunidad lectora local.
Yo llevaba ya un par de años trabajando allí cuando se organizó una firma de libros con una autora novel que era una sensación en todo el país. Justamente el interés que nuestra comunidad había mostrado por su libro y por ella fue lo que permitió que su agente cediera ante las presiones de la Sra. F y permitiera que se presentara en nuestra pequeña tienda y no en una de las grandes librerías de la ciudad. Yo misma había leído el libro y había quedado removida e impresionada, pero en ese momento no supe ver el dardo del destino dando en su blanco, sino que atribuí mi conmoción al hecho de que la escritora venía del mismo país que mi familia, me identificaba de forma íntima con todo lo que expresaba. Así que estaba verdaderamente entusiasmada de conocerla, así fuese prepararle un té, indicarle dónde estaba el baño, o solo escucharla hablar a través de la puerta de la oficinita trasera donde me encontraba siempre.
Ese día, llegué más temprano que de costumbre para preparar el espacio y colgar los banderines dorados que usábamos en ocasiones muy especiales. Apenas abrimos la tienda, entraron varios clientes que esperaban afuera, con el libro en la mano, ansiosos de reservar un buen asiento. Yo contemplaba desde la ventanilla de la oficina, con la ilusión de que, en algún instante en que nadie me viera, yo pudiera hablarle en nuestro idioma materno y pedirle una firma en un papel. Yo no tenía su libro; lo había leído, como todos los de la librería, en mis ratos libres, con todo cuidado de no maltratarlos.
Pasaron las horas, la librería se llenó a tope y, a medida que se acercaba el momento pautado para el evento, la Sra. F comenzaba a angustiarse porque la autora no llegaba ni había noticias de ella. La gente también comenzaba a notarse ansiosa. Llegó y pasó la hora del evento, algunas personas se levantaron y salieron ofendidas, y la Sra. F rogó disculpas y paciencia, alegando inexplicablemente que la autora estaba descompuesta y tomaría aún algunos minutos en recuperarse para salir. Se encerró en la oficina, a punto de llorar, insistiendo sin éxito al teléfono, incapaz de entender qué pasaba y mucho menos cómo solucionar la situación.
De pronto me vio, sentada allí en la silla rota, con mi blusa blanca y mi falda de poliéster, la mejor ropa que tenía, y algo pareció encendérsele por dentro. Me pidió, no, me ordenó que me hiciera pasar por la autora. En esos tiempos nadie realmente sabía cómo se veía alguien, y las dos éramos enjutas, pálidas, con el cabello negro y lacio. Teníamos el mismo acento, además. Según la Sra. F, nadie tenía manera de distinguir a dos extranjeras del mismo país, así de ajenas y genéricas éramos.
En el momento no supe por qué dije que sí, sobre todo porque estaba profundamente decepcionada ante la idea de no conocer a la autora. Ahora, tantos años después, sé que fue miedo: a que me despidieran, a que la tienda fracasara e igual me quedara sin empleo, a simplemente tener que vivir con el rencor y el rechazo de la Sra. F el resto de mis días, porque yo no me concebía trabajando en ningún otro lugar. Todo eso, cualquiera de esas razones se siente minúscula ante el gran abanico que ha sido mi vida, pero quedarme sin empleo en la pequeña librería que constituía todo mi mundo estaba lejos de ser un hecho insignificante a mis veinte años.
Así que salí, los nervios pasaban bien como si me estuviera recuperando de un malestar y la gente me recibió con un sentimiento extraño. No lo llamaría decepción, pero sin duda alguien como yo no era lo que esperaban. La Sra. F estaba también nerviosa, pero mujer curtida al fin, me presentó como Anna S. y puso en marcha el resto de la noche y el resto de mi vida.
La gente me hizo preguntas que yo respondí, más que con mi conocimiento del libro, con mi memoria. Traté de concentrarme en el recuerdo de mis abuelos, en el sabor de la comida de mi mamá, en el color de las casas de madera de nuestro pueblo, en el canto del saludo de los buenos días. Y hablé de todas esas cosas como Anna S., pero desde mi corazón. Un corazón angustiado, avergonzado. No me sacaba de la cabeza esas primeras miradas, el murmullo sobre mi mal vestir, sobre lo pobre que me veía para lo exitosa que era. Alguien incluso se atrevió a felicitarme por eso, sin saber que solo me hundía en la humillación.
El evento resultó en una victoria. La gente partió encantada de haberme conocido, de haberme escuchado. Y se vendieron cientos de libros de todo tipo. La Sra. F me agradeció regalándome el de Anna S. Fue la primera vez desde que me conoció que pareció agradecida por mi inteligencia, por mi curiosidad, por haberle manoseado todos los libros en la tienda. Yo caminé a casa derrotada, desilusionada, como si haber tenido un vistazo de una vida más grande hubiera sido la confirmación absoluta de que una existencia así era imposible para mí. Ni siquiera la había soñado nunca, no la quería. Mucho menos para estar permanentemente rodeada de gente pretenciosa. Pero cada vez que recordaba esa sensación, la de contar las historias de mi familia y ver los rostros curiosos, el corazón se me quería salir de alegría y de vergüenza. Cómo me había atrevido. Por qué había ido más allá de responder solo lo mínimo, solo lo justo, solo lo que había leído. Apretaba el libro de Anna S. contra mi pecho a ver si me calmaba.
No logré dormir bien esa noche y en la mañana no me desperté a tiempo. Cuando llegué a la librería, ya la Sra. F había abierto el local y me esperaba con un señor muy formal. Me asusté, definitivamente me habría metido en algún problema por lo del día anterior. Me explicaron que Anna S. había muerto, no se sabía exactamente por qué, pero no se había despertado la mañana del evento. No tenía familia, así que nadie la encontró sino hasta la noche. Me dolió escuchar eso, como si la hubiera conocido. Podría decir que de algún modo la conocí por medio de lo que escribió en su primer y único libro.
La conversación continuó con la propuesta más extraña y determinante de mi vida. Para el aparato literario que estaba detrás de Anna S., su muerte era la pérdida de una inversión inconmensurable. Yo no entendía, pensaba que, dentro de la lógica retorcida del arte, su muerte hacía valer más su libro. Pero ella era el fenómeno literario de ese año, habían organizado una gira internacional sin precedentes y, además, tenían planes de publicar por lo menos diez libros más bajo su firma. La necesitaban viva para venderse a ella misma.
Es así como mi familia se convirtió en la familia S., y yo me convertí en Anna. No necesitaron escribirme los demás libros, los escribí yo. Siempre traté de algún modo de canalizar a Anna S., sin dejar de ser yo y de exponer mi propio corazón, como en aquella primera firma de libros. Cuando murió su agente, y luego la Sra. F, y luego las últimas personas que sabían la verdad, por fin, después de décadas, la dejé ir. Dejé de sentirme culpable por haberme quedado con su identidad, por haberme aprovechado del vacío que dejó para hacerme una nueva vida. Y más bien lo consideré el regalo de una migrante consciente de que en esa época no había espacio para dos, de que éramos una curiosidad literaria. Anna S., sin darse cuenta, o quizá enterada de lo anónimas y reemplazables que éramos, me regaló su lugar para que yo también pudiera contar mi historia.
Foto original: Megan Bucknall
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Notas de olor. Lee la descripción del aroma de una botella de colonia. ¿Qué notas enumera el creador de la fragancia? Incluye cada una de estas palabras en una escena o historia.
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