
Lo vimos por primera vez un día en que buscábamos un par de cucharitas de plata para nuestro juego de té. Revisábamos el estante de los objetos pequeños y ahí lo vimos: cuadrado, aterciopelado, de un negro que ya se había vuelto gris, los anillos oxidados, sus páginas vacías ya del color del té. Era discreto; más que eso, era lo contrario de atractivo. Y, sin embargo, algo nos interesó irremediablemente en él.
Lo llevamos. No costó más de lo que valía un café en el sitio de la esquina. Al llegar a casa lo pusimos sobre la mesita del té, quizá de alguna manera compensando por las cucharitas no encontradas.
Días después, durante la visita de nuestro respetado amigo Franz K., servimos té. Regresamos a la cocina a preparar unos canapés y, de vuelta en el salón, vimos a Franz K. sosteniéndolo entre sus manos.
—¿Ustedes escribieron esto? —fue su pregunta. Su rostro parecía estar conteniendo una carcajada.
Soltamos los canapés y nos acercamos a ver de qué se trataba, pues rápidamente sospechamos que nuestra más reciente adquisición contenía algo vergonzoso, imperdonable.
Nos acercamos y vimos con sorpresa y cierto horror que las páginas amarillentas estaban garabateadas. Era la misma tinta negra que usábamos para todo en casa, desde la correspondencia hasta los sellos. Nos miramos el uno al otro con desconcierto.
—Nada de qué avergonzarse —dijo mientras lo volvía a poner sobre la mesita con cara de que había todo para avergonzarse.
Lo tomamos con urgencia mortificada y comenzamos a leer.
Eran…
Poemas.
Poemas malos.
Poemas terribles.
Poemas cursis, sin sentido, incluso para el estándar poético.
—¡N-nosotros no escribimos esto!
Nos volvimos a mirar el uno al otro, con sorpresa, con sospecha. A simple vista, no parecía la letra de ninguno de los dos, pero al mismo tiempo teníamos la certeza de que, cuando lo compramos, estaba en blanco, virgen, viejo pero sin usar.
—El cielo gime… —Franz K. comenzó a declamar mientras leía. Nosotros nos veíamos estupefactos. Cada verso era una masacre a las páginas donde estaban manuscritos, una afrenta al idioma español, lenguaje que mejor se hubiera quedado sin existir si es que iba a resultar en… aquello.
Y allí estaban, en nuestra casa, escritos con nuestra tinta.
Comenzamos a atribuírnoslos mutuamente, negando la propia autoría. Que si no era nuestra letra, o nuestro vocabulario, o nuestro gusto poético…
—No se suponía que los encontrara, lo entiendo. Solo los próximos, no los dejen en la mesa del té —dijo nuestro amigo Franz K. mientras se retiraba.
Permanecimos toda la noche en el salón, sin dormir, pasando las páginas amarillentas una y otra vez, estudiando los trazos manuscritos, leyendo con horror estético esas palabras que habían aparecido como fantasmagorías sin gracia… si realmente no las habíamos escrito ninguno de los dos.
Foto original: Photology80
Próximo disparador:
Inventa una palabra. Algunas de las palabras que usamos hoy fueron acuñadas por autores famosos. ¿Qué palabra vas a introducir en nuestro léxico?
⇨ Entrada siguiente: Palabras mágicas
⇦ Entrada anterior: Videomonstruo
Deja un comentario