
Él había dedicado su vida a la música.
Ella dibujaba en un cuadernito de tapas color naranja.
A él se le iban las tardes componiendo. Imaginaba acordes y trataba de ejecutarlos con distintos instrumentos hasta que alguno se acercaba a lo que había imaginado.
A ella le gustaba subir las montañas y quedarse en la cima absorbiendo la vida que la rodeaba. Que sus ojos y sus oídos se empaparan de los colores y la azarosa armonía sonora de la naturaleza.
Él tomó clases de poesía para aprender cómo las palabras podían darle forma al mundo y convertirse en canciones.
Ella tomó la misma clase para tratar de entender los poemas que le mandaba su hermanito Leo.
Allí se conocieron y se hicieron amigos.
Ella era la primera persona a la que él mostraba sus nuevas melodías.
Él era el modelo predilecto para sus dibujos.
Ella le llevaba sánduches y té negro a los ensayos.
Él la acompañaba a visitar a Leo al hospital.
Ella iba a sus toques a hacer barra y ser la que más aplaude.
Él se compró botas para conocer la montaña y descubrir la música que hace el viento entre los árboles.
Ella jamás se aprendía bien las canciones pero, en medio de su entusiasmo, gritaba cualquier letra como le salía en el momento.
Él, al contrario de lo que jamás imaginó, la amó más por eso.
Foto original: Marius Masalar
Próximo disparador:
Toda esa charla. Visita un parque, un café, u otro espacio público muy activo. Toma nota de lo que oigas hablar a la gente a tu alrededor. Comienza una escena o historia original que incluya algo que escuchaste.
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