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Sequía

Un cuento sobre una ola de calor

Un suelo resquebrajado por la resequedad.

No, no estábamos alucinando.

Sí, sin duda el calor ya no nos dejaba pensar bien. Claro que dudábamos de nuestros sentidos, de nuestra fe, de nuestra noción de nosotros mismos. Pero les juro que lo que cuento es verdad, y si hablan con cualquier persona que venga de allá, aunque no nos conozcamos ni nos hayamos visto nunca, va a describirles exactamente lo mismo.

Todo comenzó el cuatro de marzo. Ya teníamos un par de semanas con cierta temperatura inusual para la fecha. ¿Que qué hacíamos? No sé… Compramos ventiladores, nos bañábamos dos veces al día, fabricamos más hielo, ¿qué más íbamos a hacer? Pero ese día… Ay, ese día… Dieron las ocho de la noche y todavía parecía pleno mediodía. Cenamos sopa fría e intentamos dormir. El sol terminó ocultándose a la una de la mañana y, a las seis, ya estaba arriba otra vez.

Al día siguiente a todos nos costó ir al trabajo, hacer las compras, llevar la vida normal. Anocheció a las tres de la mañana. Pensamos que era un asunto pasajero y se hicieron algunos cambios en los horarios de las actividades, dejamos de mandar a los niños a la escuela por unos días mientras volvíamos a la normalidad. Era solo cuestión de esperar que el mundo se reacomodara solo.

Pero el sol permanecía más y más horas.

Nuestra última noche duró doce minutos. El sol no se ocultó más.

Ya nunca vimos las estrellas.

Y mientras seguíamos esperando el regreso de la normalidad, el calor se iba acumulando en la tierra y el concreto, nuestras fuentes de agua se iban agotando, todo el verdor se iba secando. Tampoco llovía. Algunos vociferaban que se trataba de una maldición, que estábamos condenados y teníamos que escapar. Pero la mayoría seguíamos empeñados en que pronto la misma progresión que nos estaba castigando comenzaría a retroceder.

Pasaron las semanas y todos los aires acondicionados se dañaron. Se produjo una especie de acuerdo tácito de confianza entre vecinos, e incluso con la delincuencia, de manera que todos pudiéramos dormir con puertas y ventanas abiertas. La carne se podría en los refrigeradores impotentes. El agua comenzó a escasear. Los teléfonos y electrónicos en general dejaron de funcionar, sus chips y cables fundidos. La gente comenzó a caerse muerta en las calles, incluso dentro de sus casas, en la sombra.

Comenzó el éxodo. Quien podía y como podía, se alejaba lo más posible del pueblo, ya convencidos de la maldición. Los que nos quedamos, de cierto modo tampoco estábamos allí. Todos éramos apenas una carcasa de quienes habíamos sido. Secos, literal y metafóricamente.

Y llegó el día del terremoto.

De las rajas de la tierra comenzaron a salir toda clase de criaturas. Bien hubieran podido ser extraterrestres, no era nada que hubiéramos visto antes. Cientos de animalejos irreconocibles, miles de pentápodos gigantes, millones de insectos fosforescentes, toda una población inaudita que estaba escapando de la sequía extrema de su antes imperturbado mundo subterráneo.

No encontrarían nada en nuestra superficie, sin embargo. Únicamente los fluidos que apenas quedaban dentro de nosotros.

Por eso es importante que me crean. Si logré escapar, ellos también. Si yo logré llegar aquí, ellos también lo harán.

Foto original: José Ignacio Pompé


Próximo disparador:

Escribe como Studio Ghibli. Escribe una escena o una historia basada en alguna de estas premisas de películas de Studio Ghibli:

Una niña descubre algo en el bosque. (My Neighbor Totoro)

La contaminación causada por los humanos vuelve venenoso un bosque. (Nausicaa of the Valley of the Wind)

Una joven bruja parte a vivir por su cuenta. (Kiki’s Delivery Service).


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