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Amigos imaginarios

Un cuento sobre animales parlantes

Un banco/una banca en un parque.

Hasta que cumplí 18 años, mi madre no me dejó ir sola al parque. Quedaba muy cerca y solo tenía que cruzar una calle, pero quién podía convencerla de que su hija ciega podía caminar segura los 296 pasos desde la casa hasta el parque.

Las primeras veces que fui, intenté pasear por el circuito de corredores, pero ellos no me tenían mucha paciencia. Opté mejor por echarme en la grama a escuchar música y sentir en la cara la mezcla del calor del sol y el frío de la brisa. Me sentía libre y satisfecha en esos instantes, como si pudiera hacer cualquier cosa que me propusiera.

Con las semanas, sentía que siempre alguien terminaba sentándose cerca de mí. Incluso a veces no tenían el mejor olor. Pero poco a poco fui descubriendo que la mayoría eran enormemente simpáticos.

Con Luna, todo comenzó como una cháchara casual: una celebración del calorcito del sol, quejarnos de que estaba lloviendo mucho en las mañanas… A ella le molestaba particularmente porque entonces no podía salir de casa. Nos fuimos haciendo amigas a partir de nuestro amor compartido por la música clásica y las papas fritas.

Ella me presentó a Bailey, un tipo sarcástico, graciosísimo. Se quedaba un buen rato describiéndome a la gente que nos rodeaba con cierta misantropía amable. Se burlaba de los vestidos de las señoras y de los sombreros de los señores, pero sobre todo se burlaba de sus pretenciones tan evidentes.

Después se nos unió Annalisa. Hablaba como si siempre llevara la boca llena de caramelos. Era chismosísima; por alguna razón le conocía la vida y los hogares a toda la gente del parque y no desaprovechaba la mínima oportunidad para contarnos quién no se bañaba nunca, quién tenía la cocina hecha un desastre, quién tocaba el piano hermosamente y cuáles eran los niños bien portados en casa.

Un día, mi madre no quiso dejarme salir de casa. Le dije que no podía prohibírmelo, y me respondió que era cierto, pero que me prohibía ir al parque. Le pregunté por qué, si no había absolutamente nada malo que hacer en el parque, y me dijo que estaba harta de las habladurías de los vecinos, que estaban siempre preguntando si yo estaba bien, si no estaría loquita, que mucha gente me veía y comentaban entre sí, que qué me pasaba. Yo no entendía, le dije que cuando estaba allá ni siquiera paseaba para no molestar a la gente, me quedaba tranquila bajo un árbol hablando con amigos. La escuché llorar, como si hubiera confirmado algo terrible sobre mí.

―Yo te he visto ―me dijo―. Todo está en tu cabeza, Diana. No pareces una loca. Estás loca. Perdóname por no haberme dado cuenta antes, por no haberte ayudado.

Yo no entendía qué pasaba. Solo sentía a mi madre dando pasos accidentados de un lado a otro de la habitación. Por cómo me hablaba, pensaba que se acercaría y me abrazaría, pero yo solo me quedaba allí tiesa, tratando de descifrar sus movimientos y esperando un abrazo que no llegaba.

―Mamá, no entiendo. No sé de qué me estás hablando.

―Diana, estos amigos de los que me hablas… No sé con quién crees tú que estás conversando, pero tus supuestos amigos no existen. Son imaginarios, pues. Estás ahí en la grama, que por cierto debes saber que una señorita no se echa así en el suelo, y hablas y te ríes como una loca y los animales se te acercan y empiezan a aullar, y es un espectáculo tan extraño. Y resulta que es mi hija. Nunca debí dejarte ir sola para allá.

Lo que me dijo me dolió en varios niveles. La realización de que todo este tiempo y estos vínculos que yo ya atesoraba, mis historias con Luna, Bailey y Annalisa, eran producto de mi imaginación. Me preocupé, por supuesto. Y, claro, no volvería al parque. Definitivamente algo en ese lugar no me hacía bien, no ayudaba a mi cordura. Pero, sobre todo, me dolió pensar que mi madre no estaba genuinamente angustiada por mi salud, que no lloraba por no haberme ayudado antes, por haber prolongado inconscientemente la desdicha que supuestamente yo vivía y me había desequilibrado, sino que su desazón se debía a cómo la había hecho quedar frente a los vecinos.

Sin embargo, nunca se lo dije. Solo cumplí con no volver al parque y tratar de no darle demasiadas angustias hasta su muerte, que sería pocos años después.

Cuando nació mi hijo, mi esposo Alex me convenció de que fuéramos al parque para que Lucas tomara sol. Vivíamos aún en mi casa de toda la vida y era el lugar verde más práctico y cercano. Accedí, con la confianza de que él conocía toda la historia del parque y las alucinaciones, y que estaría atento a cualquier señal extraña. Caminamos hasta allá; él rodaba el coche mientras iba describiéndonos todo lo que veía. Se estaba divirtiendo con Lucas, pero sé que también estaba tratando de hacerme sentir lo más tranquila y segura posible.

―Hey. Viene corriendo una perrita. Se ve amigable ―dijo de pronto. Y enseguida supe de quién se trataba.

―¡Diana! Qué súper alegría verte después de tanto tiempo ―escuché decir a Luna.

Comencé a llorar. Alex pensó que me había puesto nerviosa con la perrita ladrándome, pero enseguida le advertí que no la ahuyentara. Me agaché e intenté abrazarla, pero ella se apartó, nerviosa.

―Tranquila, Luna, yo sé quién eres ―le dije y estiré el brazo. Ella me puso la cabeza y la acaricié.

―Mueve y mueve la cola, está demasiado feliz de verte ―me dijo Alex.

Luna, Bailey, Annalisa y yo nos reunimos una vez a la semana en mi casa, así nadie tiene que horrorizarse por ver a la ciega loca conversando con un perro, un gato y una ardilla. Alex nos prepara snacks acordes a los gustos de cada uno y, poco a poco, él también aprende a desverlos como animales y a entender lo que dicen. Que es la razón por la que, en principio, se acercaron a mí. Yo solo los escuchaba, sin recelos. También son buenos amigos de Lucas, aunque él todavía no puede hablar muy bien.

Pienso mucho en mamá. Me pregunto si, si ella hubiera sido una persona más curiosa, hubiéramos podido resolver los malos entendidos de una mejor manera. Una más amable. Pero también me pregunto si tantos escrúpulos y admoniciones fueron los que le permitieron sobrevivir su tiempo y su contexto, e intento no ser sentenciosa con ella. De cualquier modo, no importa. Su historia no puede cambiarse ya, y la mía… En mi historia hemos aprendido que, al final, un toque de locura no hace nada mal.

Foto original: Magiclantern


Próximo disparador:

Si miras lo suficiente hacia atrás, puedes ver… Completa la frase y escribe una escena o cuento que contenga esa línea.


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