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Amarillo

Un cuento sobre un color

Un bosque visto desde abajo hacia la copa de los árboles

La gente cree que quise venir al bosque porque me sentiría el rey. Porque dominaría, porque me sentiría acompañado, a gusto, poderoso. Me creen arrogante, murmuran que mi no-pertenencia es por buscar ser diferente, ser más. No lo contrario.

La verdad, solo quería desaparecer. Camuflajearme entre las hojas amarillas, hacerme uno con los troncos ocres, encandilar a cualquier espectador con mi resplandor dorado.

Tantos años queriendo ser invisible, explorando fórmulas, combinaciones, artilugios para cambiar de color, para no ser más el más brillante, el más llamativo. Cuánta responsabilidad viene con el color amarillo. Sí, mi naturaleza es alegre, pero también tengo derecho a un mal día. No, nadie entiende. Alguien amarillo no puede no sonreír, no puede contestar mal, no puede olvidarse por una maldita vez de decir: “¡Muy buenos días!”, “¡Que tenga una increíble tarde!”, “¡Que la noche sea el merecido cierre de un día estelar!”.

Se duda de la educación amarilla que me dieron mis padres, se cuestiona mi linaje amarillo, se me declara amarillo non grato. ¡Así no se puede!

Quise explicarles que no había una única manera de ser amarillo. Que puedo estar orgulloso de mi amarillitud sin caer en estereotipos de lo que es ser amarillo. Que vivir amarillamente no es solo reír y sonreír y repartir bendiciones y decir que a todo y no a nada —¡qué rechazo genera la palabra no!— y caminar dando saltitos en lugar de pasos. Que al rabiar, al llorar, al petrificarse del miedo, también se es amarillo.

Amarillo es vivir en máximos, sentir intenso, es el brillo de la emoción.

Probé las ropas rojas, pero mi cabello amarillo me delataba, y si hay algo que la sociedad acepta menos que a un mal amarillo, es ser transcolorido. Bebí la pócima verde y logré un mejor contraste, una apariencia más manejable, pero pronto comenzaron las náuseas y supe que no podría seguir tomándola para mantener el efecto. La máquina violeta funcionó perfectamente, pero ser violeta, actuar violeta, pasar como violeta es de las cosas más difíciles que me han tocado en la vida.

Logré hacerme de una capa transparente, pero yo mismo me sentía incómodo en nuestros ambientes multicolores, como si mis órganos descoloridos sufrieran al caminar de la puerta azul a la mesa verde a la cocina roja; al comer alimentos naranja y beber el vino plateado. Entendí que necesitamos un color que nos arrope, que nos contenga, que nos sirva de vehículo para circular en lo físico y en lo espiritual.

Arrastré mis piernas y brazos y corazón amarillos, aunque mi ánimo estaba azul y negro y marrón. Caminé y caminé y entonces lo vislumbré a lo lejos. Bajo el sol, brillaba con la más absoluta amarillez, y el viento mecía los pequeños amarillismos creando una música que solo podía verse, no escucharse. Encontré la fuerza que necesitaba para seguir. Y apenas puse mi primer pie amarillo dentro del bosque amarillo, y ya no pude distinguir más los contornos de mi propia existencia, agradecí ser amarillo y, así, dejar de ser.

Foto original: Tom


Próximo disparador:

Escribe lo que conoces. Empieza con algo que te resulte familiar de tu propia vida, como un evento del pasado, algo que sabes hacer, un personaje inspirado en alguien que conoces, o un lugar de tu vida, y ponlo en una escena o historia de ficción.


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